
Hoy he celebrado la Santa Misa cargado de intenciones. Además de las habituales, que todo cristiano debe encomendar, tenía unas intenciones particulares y que me han ayudado a celebrar con más conciencia la santa Misa.
«Despacito y buena letra: / hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas» (A. Machado)

Nadie puede agregarle una hora a su existencia, más de lo que Dios tiene previsto para cada uno. ¿Qué será de mí dentro de diez años? ¿En dónde estaré?
En el año sacerdotal…
Ayer tuve el gran gusto de estar en una reunión de sacerdotes, en el que he renovado mi propósito de ser más fiel –porque siempre cabe progresar– en esta vocación que Dios me ha dado, del ministerio sacerdotal. Pero también a cada uno Dios ha encomendado algo, porque no venimos al mundo por casualidad. A Dios no se le escapa nada.
Tuvimos una meditación, predicada por un sacerdote que ha gastado su vida investigando en el campo de la Teología y es profesor en la Facultad de Teología de esta Universidad, además, es buen amigo de los sacerdotes: D Lucas Francisco Mateo-Seco. Me he quedado sobre todo con esta frase: “Sé santo, ahora que eres joven, que cuando seas viejo te costará más”. Explicaba que esta frase se la dijo San Josemaría Escrivá cuando nuestro predicador estaba en la flor de la juventud.
¿Hay edad para la santidad? ¿No resultan contradictorios la santidad y la juventud? ¿Qué dicen ustedes?

¿Te has imaginado cómo vive un ciego, en qué consiste su mundo? Dicen que cuando un sentido falta, los demás se potencian y son más sensibles.
Un ciego no distingue los colores; no puede ver la belleza de un paisaje y recrearse en él; no puede valorar y apreviar una pintura; no puede “ver” el rostro de una persona, ni siquiera de una persona amada. Para un ciego, la noche es igual que el día. ¿Le has agradecido a Dios que puedes ver?
Nuestra ceguera
Pero nuestra ceguera no es como la de Bartimeo porque la nuestra consiste en no trascender las cosas, no vemos más allá de lo que nuestra miopía nos deja percibir. ¿Te diste cuenta, mientras abrías los ojos esta mañana, que Dios estaba junto a ti y que te estaba viendo con amor? ¿Te has recordado de Él mientras desayunabas? ¿Cuántas veces le has dicho hoy que le quieres, y que quieres quererle de verdad?
Es Cristo que pasa, que pasa junto a nuestro lado y pregunta por nosotros, y si estamos atentos a oírle, puesto que los ojos del alma no le perciben, Él puede curar nuestra ceguera.
La oración
¿Que te dicen tus amigos que no reces, como intentaban callar a Bartimeo? No les hagas caso. Quizá tus familiares y/o amigos se burlan de ti porque haces oración, dicen de ti que eres tonto y dirículo, que no estás a la moda, que rezar es para mujeres y para débiles. Son unos brutotes que se han quedado en lo que sus pobres sentidos embotados les regalan. No les hagas caso. Si le hablas a Jesús y crees que no te oye, ¡clámale, grítale!, como Bartimeo. No repares en la túnica que dejas sino en lo que ganarás: ganarás a Cristo.

En el año sacerdotal
De vez en vez el sacerdote es enteramente consciente –ojalá lo fuera siempre– del gran poder que tiene en sus manos: celebrar la liturgia de la Iglesia.
Poder pronunciar: “yo te bautizo en el nombre del Padre…”; “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre…”; “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…”, es algo mucho más que sentimiento: es algo divino en un hombre, un poder que no se le ha dado a cualquier persona ni a cualquier cristiano. Hacer las veces de Cristo, allí radica la grandeza del sacerdote.
A propósito de la alegría de celebrar la liturgia, leía hace poco un libro titulado Querido Cardenal Newman. Una conversación al límite, de Eduardo Gil. Con un relato-conversación que engancha, el autor ponía en labios del legendario y ejemplar Card. Newman, antes de su conversión a la Iglesia Católica: “Tenía que reconocer la perfecta conciencia religiosa del catolicismo y cómo la presencia de Dios se convertía en el objetivo fundamental de los creyentes romanos más despiertos y la validez fundamental de la vivencia personal de Dios en ellos y la férrea profesión del articulado de su fe. No me fue difícil descubrir en el catolicismo caminante la manera de sentir que toda la vida cotidiana está filtrada de espiritualismo. Un espiritualismo que se refleja en la belleza del culto. Es decir: que descubrí realidades envidiables. Las echaba de menos en muchos capítulos de nuestra experiencia religiosa anglicana”.
La belleza del culto… Una liturgia bien cuidada, que refleje lo sobrenatural y divino que hay detrás de las palabras y los gestos del sacerdote. Cuidar la liturgia –el sacerdote es el primer y principal encargado– es signo de fe.

Hubo buen ambiente, ambiente de fiesta. Además del buen clima que estaba haciendo, fue breve. Nos reunimos unos dos millones, sin falsear datos como lo hacen algunos informativos tendentes.
La discusión se ha llevado no sólo al plano moral y político, sino que hay muchos otros intereses detrás. Actualmente en el mundo se intenta predisponer a la sociedad, mentalizándola, para que se apruebe el aborto, incluido en Guatemala. Lo que pretende el gobierno español ahora es ampliar la facilidad para abortar: las adolescentes de 16 años pueden ir por su cuenta, sin necesitar el permiso de sus padres, para abortar.
Una de las amenazas, que ya se está cumpliendo, es que la sociedad acepte el aborto como un derecho de la mujer. Julián Marías, aquel gran pensador español, dijo: "La aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo".
La cultura de la vida. Amar la vida, que viene de Dios. Por la dignidad de las personas y el honor y la gloria de Dios.
A santa Teresa le tocó vivir en el siglo XVI, siglo de oro español. Nació en 1515 y murió en 1582.

Hoy, sábado, he asistido por segunda vez a la celebración de un matrimonio. Es la segunda vez que me da la oportunidad el P. Ángel de hacerlo en su parroquia. Si no, me pasaría olímpicamente estos años españoles sin celebrar ni un bautismo ni un matrimonio. Efectivamente, todavía no he celebrado un bautismo, y no por falta de ganas.
Ésta es la realidad de Europa: pocos niños, y cada vez menos matrimonios, no sólo los eclesiásticos sino también en general. Me recuerdo de aquella vez, en octubre de 2002, que andábamos por las calles de Madrid. Con mis compañeros hicimos una apuesta de a ver quién miraba primero a un niño. Recorrimos muchas calles hasta encontrar ¡un par de gemelas en McDonalds!
Me ha llegado un mail largo en el que María –escribo este nombre común porque con su nombre podría reconocérsela– me cuenta que es criticada y culpada por cosas que no ha hecho.

Me escribe: “A quien me contó lo que decían de mí, le dije que estoy segura de que Dios me va ha juzgar por todas las cosas malas que he hecho; pero sé que cuando esté delante de Dios entregando cuentas seré recompensada por esas cosas malas de que me juzgan y que no son ciertas, mi conciencia está tranquila”.
En una ocasión comentó la Madre Teresa, que su reacción primera ante una desgracia es una indignación total, una cólera involuntaria, principalmente cuando la causa de la desgracia se encuentra en personas sin escrúpulos. Sin embargo después recapacitaba y dirigía la mirada a Dios y a los hombres.
Un tanto igual me sucede cuando alguien habla mal de otra persona. No sólo cuando es una mentira, sino también cuando es verdad (maledicencia). ¡Qué fácil es dejar escapar una palabra y cuánto mal puede hacer!
Esto trae a mi memoria aquella anécdota de una mujer que se fue a confesar de haber criticado a alguien. El confesor le dijo que subiera al techo de su casa y que con un cuchillo rasgara una almohada de plumas y que luego volviera. Habiendo cumplido la “misión”, se presentó nuevamente ante el confesor y éste le dijo que fuera nuevamente y recogiera todas las plumas de la almohada. “¡Eso es imposible! -le contestó-, se las ha llevado el viento”. Así es una crítica: la lanzas y después no la puedes recoger.
¡Cuánta ilusión se puso en los preparativos para la canonización! Personalmente, tuve el gran privilegio de participar de cerca de este acontecimiento.
Este aniversario me trae muy gratos recuerdos. El ambiente romano de ese octubre de 2002 se había vuelto muy festivo: tanta gente sonriendo, cantando, bailando…; las calles estaban a rebosar. Se podía hablar con cualquier persona –siempre que pudiésemos comprender su lengua–. Era algo más que el acuerdo de reunirse muchas personas. Se vivía en familia.
La universalidad de la Iglesia y de la Obra era palpable allí. Ver gente de todas partes: de África, de Asia -muchos con ojos rasgados-, no sólo con los vestidos sino con la piel de tantos colores. Todavía me recuerdo de aquel sacerdote filipino que se me presentó con el nombre de “Gorgonio Zapatos”, nombre que no me pareció tan extraño porque ya lo había escuchado en una ocasión, pero en conjunto con el apellido me impresionó.
La labor de la Obra que fundó san Josemaría se ha extendido por tantos países, y se han beneficiado de ella tantas almas. Las obras hablan más que las palabras.
Fue una aventura tan maravillosa, aunque no tan aventurada como la del P. Luis Ortiz y su comitiva (confróntese).
Mañana se cumple siete años de la canonización de san Josemaría.
San Josemaría quería escribir unos libros de fuego. Esos libros de fuego no salieron como los había pensado. Camino es el libro más conocido que escribió. Tiene 70 años de haberse editado por primera vez -después de la edición que le precedió de "Consideraciones espirituales" en 1934- y se cuentan más de cuatro millones y medio de ejemplares publicados, en 43 idiomas. ¡Cuánto bien ha hecho a las almas. Camino es fruto de su oración, de su vida interior.
Si no lo han leído o no se han servido de él para su oración les invito a que lo experimenten, y no lo dejarán. Les dejo con el video que cuelgo en esta entrada del blog. Bastan para vislumbrar el arrastre que ejerce sobre sus lectores.
Lo que nos hace falta a nosotros, a veces, es la memoria. Creemos que nuestros problemas, nuestra situación es única.Fue un 2 de Octubre –aquél de 1928– cuando Dios inspiró en San Josemaría Escrivá la fundación del Opus Dei. Comenzó en la intimidad, entre su corazón y Dios. Entonces, recuerda san Josemaría, cuando Dios fundó su Obra, sonaron las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en Madrid.
Su mensaje es tan viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo: recordar que todos estamos llamados a la santidad. Vino a recordar que cada uno, por el hecho de estar bautizado, está llamado a ser santo, en las circunstancias personales de cada uno.
Es impresionante cómo proclamaba con firmeza que no hay cristianos de segunda categoría. A todos, sin excepción, Dios llama a ser santos. estote ergo vos perfecti sicut et Pater vester caelestis perfectus est (Mt 5,48), “sed perfectos como también vuestro Padre celestial es perfecto”. ¡Lo decía con energía a un público variopinto de laicos, sacerdotes y religiosos…!
¡Qué temple el de San Josemaría! Sus palabras arrastraban. Sus escritos y su recuerdo actual también lo hacen, porque Dios está detrás.
Les dejo con el video de a continuación. Así era san Josemaría: hablaba muy humanamente, hablaba de Dios, ayudaba a descubrir a Dios. En este video habla de la Misa, de los sacerdotes, la Confesión, de la vida familiar, de la vida cristiana, de todo..., de todo lo que nos puede llevar a Dios.