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jueves, 3 de julio de 2014

Un "concierto para instrumentos desafinados"...

     Estaba, hace un momento, arrodillado ante el Santísimo Sacramento, expuesto en día Jueves para la adoración. Aunque tuviera ojos sólo para Jesús en la Custodia, no podía dejar de ver a los circunstantes. Sí, vi a un seminarista concreto, con su piedad eucarística. También escuché a un par cantar, ayudando a hacer ese rato de oración: uno ejecutaba la guitarra y el otro acompañaba con la voz.
      Así, en cualquier lugar en que estuve hoy —en el aula de clase, en la cancha de futbol, en la calle, en la capilla, en el comedor…— había varios que compartían estas mismas actividades, pero con su misma existencia. También me ponía a pensar en algunas personas que están lejos y/o ya no están aquí en el Seminario y las encomendaba.
     En fin, cada uno con su propia experiencia, con sus virtudes y defectos. Hoy, pues, me resultó inevitable recordar aquella obra de Juan Antonio Vallejo Nájera: “Concierto para instrumentos desafinados”…, y pensé en nosotros. Muchos pueden pensar que, en verdad, los que estamos "encerrados" en el Seminario durante bastante tiempo nos parecemos a aquellos protagonistas de las historias del psiquiatra Vallejo Nájera. Y no les faltaría cierta razón... Pero, con gusto y con el amor de Dios que intentamos poner a nuestro trabajo, aquí estamos...
     Con el esfuerzo de cada uno, Dios mediante, este concierto tan desafinado y desaguisado sea agradable a Dios. Con tan buen director de orquesta, aunque a veces incluso tengamos una cuerda menos o la boquilla de este instrumento de viento ya esté gastado, o aquella baqueta remendada…, aquí van desgranando las notas desafinadas agradables a Dios.

domingo, 25 de agosto de 2013

¿Serán pocos los que se salven?

     Es la pregunta que le plantean a Jesús, en el pasaje de hoy (Mt 13,22-30). A mis interlocutores les planteaba, en plan individual, la aplicación personal. ¿Te has planteado, alguna vez, la mera posibilidad de condenarte para toda la eternidad? Dios nos libre, ciertamente, pero es bueno tenerlo en cuenta para esforzarnos en no llegar allí.
     Respecto a este tema, me han encantado dos obras que he leído recientemente: “El Condenado por Desconfiado” (de Tirso de Molina) y “Cuento de Navidad” (de Charles Dickens), dos clásicos de la literatura. Si las pueden leer, se las aconsejo.
     ¿Quisieras saber si te vas a condenar o a salvar? No pinches esa curiosidad, que no te ayudará respuesta alguna, ni afirmativa ni negativa. Mejor, la actitud de San Francisco de Sales:
     A causa de las orientaciones teológicas de su tiempo y ciertamente, también, porque Dios lo permitió, él vivió un largo período de sus años juveniles con la impresión de estar excluido del número de los salvados (entonces se decía de los «predestinados») y, por el contrario, de estar destinado a la condenación eterna. Una tarde de enero, ya no pudiendo más, entró en una iglesia, se arrodilló delante de una imagen de Nuestra Señora e hizo un acto de total abandono en Dios, consignándose completamente a su misericordia y rebatiendo quererlo amar cualquiera que fuera su destino después de la muerte. De golpe, dijo él mismo, desapareció el miedo; se levantó con la clara impresión de que su angustia le hubiese caído a los pies como escamas de lepra. Se sintió renacer.

jueves, 1 de agosto de 2013

¿Crees en el Diablo?



    En su magnífica obra “Cartas del Diablo a su Sobrino”, en el prefacio, nuestro querido amigo literato-filósofo C.S. Lewis informa sobre sus “creencias” sobre los ángeles y los demonios. Es una delicia leer el libro, pero el prefacio es magistral.
     Explica que una cosa es creer que existe el Diablo como una fuerza semejante a Dios ―cosa que no se puede aceptar― y, otra, creer que existen los diablos que, abusando de su libertad, se rebelaron contra Dios.
     Sobre la representación de los ángeles y los demonios, escribe:
     Creer en los ángeles, buenos o malos, no significa creer en unos ni en otros tal y como se les representa en las artes y en la literatura. Se pinta a los diablos con alas de murciélago y a los ángeles con alas de pájaro, no porque nadie sostenga que la degradación moral tienda a convertir las plumas en membrana, sino porque a la mayoría de los hombres le gustan más los pájaros que los murciélagos. Se les pintan alas, para empezar, con la intención de dar una idea de la celeridad de la energía intelectual libre de todo impedimento. Se les confiere forma humana porque la única criatura racional que conocemos es el hombre. Al ser criaturas superiores a nosotros en el orden natural, incorpóreas o que animan cuerpos de un tipo que ni siquiera podemos imaginar, hay que representarlas simbólicamente, si se quiere representarlas de algún modo.
     En la lectura de la obra citada, espero que no nos pase, como refiere el autor en su prefacio, como aquél sacerdote que declinó su suscripción al periódico que lo editaba, argumentando que “muchos de los consejos que se daban en estas cartas le parecían no sólo erróneos, sino decididamente diabólicos”.

domingo, 21 de octubre de 2012

La grandeza de la virtud


     Me encantó una frase que acabo de leer, recordando mi lectura de la obra maestra de Cervantes:
     «Mira, Sancho –le dice Don Quijote a su especial y apegado escudero–, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay que tener envidia a los que tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale».
     Se trata de una de los célebres consejos que da Don Quijote a quien gobernare su Ínsula Barataria.
     La virtud, venga de quien venga, siempre es agradecida y preciada, y atrae más que la alcurnia o la procedencia. La virtud se busca, el nacimiento se “recibe”. La virtud se trabaja y consigue, la herencia no es mérito nuestro.