

«Despacito y buena letra: / hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas» (A. Machado)


Hoy es el día internacional del libro. Me veo rodeado de ellos todos los días, ¡hasta en mis sueños!
El 21 de febrero apareció la noticia en Zenit, que la Conferencia Episcopal Española, con motivo de la celebración del día del Seminario el día de San José, publicó, a manera de subsidio, un decálogo de formas de dar gracias por los sacerdotes. Decía el documento que "todos estamos comprometidos en la ayuda y renovación de los sacerdotes, estar cerca de ellos, colaborar, interesarse por el seminario".
Me llega periódicamente al correo electrónico mensajes de un amigo salvadoreño. Una y otra vez invita a la gente a la conversión, a quienes leen sus mensajes. Y, yo, le he respondido de esta manera.
Copia algunos párrafos de Josep María Torras, que nos viene muy a cuento a propósito del evangelio de la Misa de hoy (Jn 21,14-19).
Estoy preocupado por Pedro. Sí, todos estamos contentos pero la alegría de Pedro tiene un no sé qué de tristeza. Hace unos días que lo observo, me preocupa sumanera de comportarse. Lo veo más introvertido, más callado,menos espontáneo, ensimismado... como metido en sus cosas.
Por fin, un día, al caer la tarde, me atrevía a hablar con él. “Pedro, ¿qué te pasa?” Al principio me dijo: “¡Nada!, ¡No me pasa nada!...”, pero poco apoco, me fue abriendo su corazón. “¿Cómo voy a ser Pedro, la piedra que el Maestro quería que fuese? Yo le traicioné, yo le negué, yo le abandoné. Le dejé cuando más me necesitaba. Ni siquiera merezco que me hable... lo comprendería si no lo hiciera. Él es el Señor. Yo soy nada, un pecador, un miserable, un traidor”.
Intenté consolarle, pero no sabía cómo. El Espíritu Santo me sopló la solución. “habla con su madre”. Pedro me miró con un deje de esperanza.
María y Pedro.
La Madre le tranquiliza. No sé qué le dice. Sólo oigo las últimas palabras de la Madre de Jesús: “Confía Pedro. Mi Hijo te ama, te ama, te ama...” Pedro besa las manos de María y retira con lágrimas en los ojos.
Y entonces se encuentra Pedro con Jesús. Tres veces Jesús le pregunta si le ama, tres veces Pedro le contesta afirmativamente.
Como jaculatoria podemos repitir muchas veces hoy la respuesta de Pedro: Tu omnia nosti, tu scis quia amo te!, ¡Tú lo sabes todo, Señor, tú sabes que te amo!


Mi jornada académica comienza hacia las nueve y media de la mañana. Mi lugar de trabajo es la biblioteca central de la Universidad de Navarra. Estando cerca, me cuesta menos de quince minutos salir de casa y llegar a mi “cubil” de trabajo.
Pero estas semanas, al ingresar al vestíbulo de la biblioteca, me topo con un montaje curioso e interesante: una exposición de momias de animales. La exposicón se titula “animales sagrados egipcios: un viaje hacia los secretos de la momificación”. Las momias están datadas entre los siglos VIII a I a.C.
Este “zoo” sagrado y peculiar está formado por dos gatos, dos tilapias, un halcón, un felino (sólo la cabeza), un cocodrilo y un pez mormyrus. Además, se muestra una proyección del interior de las imágenes en 3D. Expertos del CIMA han colaborado en la investigación.
La verdad es que no me haría ninguna gracia que mi cuerpo estuviera expuesto como la de los pobres animalitos momificados...
Por disposición de Juan Pablo II, el segundo Domingo de Pascua se celebra a la Divina Misericordia. Esta advocación de nuestro Señor, promovida por santa Faustina Kowalska, aquella monja polaca, nos recuerda algo que ha estado latente siempre en la revelación: que Dios nos perdona siempre. "Siempre" significa siempre, ilimitadamente.
Una de las felicitaciones que he recibido con motivo de la Pascua, es la de un sacerdote amigo, a quien se la agradezco de corazón. Transcribo aquí parte de ella.
Después de las presentaciones y los saludos pertinentes, pregunté:
- - Perdón por la indiscreción, ¿son católicas?
- - No. Somos musulmanas.
Ayer y anteayer estuve visitando enfermos en una de las plantas de un hospital. Con mi natural timidez, a veces me cuesta meterme en una conversación. Pero encuentro fuerzas para vencer esta timidez en la gracia y en el ejemplo del Señor, que se hizo el encontradizo con los discípulos de Emaús.
Después de conversar amablemente con aquellas pacientes musulmanas, hemos acordado que rezaríamos unos por otros, ya que es al mismo Dios a quien invocamos. Y quedamos muy amigos.
También me encontré con una mujer que, después de un diagnóstico adverso, lleva con garbo su enfermedad. Me contó que había estado en Guatemala por asuntos de trabajo, y que le había encantado. Fuera del reparo de la violencia, quedó prendada del modo de la gente. Y me contó una anécdota:
- - En una ocasión, queríamos, mi esposo y yo, darle un poco de dinero a un niño lustrador de zapatos. No quería recibirlo sino después de haber trabajado para ganárselo.
Prometí rezar por cada uno de los pacientes a quienes visité. Además, he sido muy pedigüeño: les he pedido que rezaran por los sacerdotes, porque lo necesitamos, principalmente ahora que nos han hecho mucha “propaganda”.
A veces los telediarios no tienen noticias que dar, y resulta insulso el informativo. Quizá por eso cierto amigo mío sólo se queda a ver los titulares del inicio y luego se marcha.
La comidilla de los medios de comunicación ahora en España, es la trama de corrupción del Caso Gürtel. El partido del gobierno está explotando el tema para acusar y desprestigiar al partido de la oposición; y éste, trata de defenderse. Aún no se sabe cómo terminará la historia.
Sea como sea y haya lo que haya, y no me estoy metiendo en política, es una vergüenza que los elegidos por el pueblo para buscar el bien común, primen la búsqueda de su bienestar personal, en contra de los valores humanos. Efectivamente, sea quien sea, pertenezca a la institución a la que pertenezca, nadie puede tomar cosas que no son suyas.
Aquí en España sucede, sucede en cada país en mayor o menor grado. Y se junta con el estado de ingobernabilidad con que están sumidas ciertas sociedades.
Hay clamor de justicia en todas partes. Si los corruptos logran evadir la justicia humana, nunca evadirán ni sobornarán la justicia divina, que llegará a su tiempo.
Cierro estos pensamientos con un chiste de Mafalda -me encanta el humor de Quino-, aunque éste pueda resultar un poco cruel.

Ésta es la anécdota que ganó el Concurso de anécdotas sacerdotales 2010 de la página Catholic.net. La reproduzco íntegra, pues es conmovedora. Puede ayudarnos a los sacerdotes a no perder la esperanza de la conversión de tantos, ni a despreciar la oportunidad, por mínima que sea, de utilizar los pequeños-grandes medios “tradicionales” de evangelización.
De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente...
Como párroco de un pequeño pueblo, frecuentemente, cada domingo, salía por las calles y aprovechaba para saludar a la gente, dejándoles una catequesis escrita, especialmente a aquellos que por diversas razones no acudían al templo.
En aquella parroquia dedicada a San José, muchos tenían una costumbre que cumplían sin falta cada domingo, como si fuera un deber. Esto era tomarse “unas frías” -así llamaban ellos a la cerveza-. Por tanto, era fácil saber dónde encontrar este tipo de “fieles”, y entre ellos estaba también él.
Cierto día, al terminar mi recorrido, se acerca una señora para preguntarme si había reconocido al “diablo”. Según ella, yo lo había saludado y él había recibido uno de los mensajes que yo repartía. Yo no había visto al “diablo”, o por lo menos no recuerdo haber visto a ninguna ni a ninguno que se le pareciera.
En otra ocasión necesitaba ir al pueblo vecino para ayudar a un hermano sacerdote, pero el coche de la parroquia se había averiado y por ello necesitaba a alguien que me transportara.
Vaya sorpresa cuando, al preguntar a algunas personas quién podría ayudarme con este servicio, inmediatamente un niño me dijo: «Padre, si gusta llamo al “diablo” para que se lo lleve». No se imaginan lo que pensé en aquel momento. Parecía una broma, pero luego acepté la propuesta y ese día lo vi por primera vez...
Por un buen rato guardé silencio, pues era la primera vez que hacía un viaje así. Además pensé: ¿de qué puedo hablar con el diablo? Al poco tiempo le hablé, pero parecía más una entrevista que un diálogo. Ese día, antes de terminar el viaje y sin decir nada, dejé en su coche un escapulario de la Virgen del Carmen.
En adelante lo veía por todas partes; ya lo reconocía y, aunque siempre lo invitaba a la misa, él siempre me decía: “ahora no, algún día lo haré, tengo mis razones”.
El tiempo pasó, y cierto día un niño que esperaba en la puerta del templo me dijo que alguien me necesitaba urgentemente y que no quería irse sin antes hablar conmigo. El niño me explicó que se trataba de un enfermo grave. Entonces, rápidamente busqué todo lo necesario para la visita.
Cuán asombrado quedé cuando, al llegar a aquel lugar, descubrí que el enfermo grave que hacía varios días esperaba al sacerdote era Ramón, aquel a quien llamaban “el diablo”; un hombre del campo que había vivido situaciones humanas muy difíciles. No recordaba cuándo ni por qué le habían empezado a decir así, pero él se había acostumbrado. Ahora, postrado en una cama, padecía de un cáncer terrible y se acercaba a su final.
Recuerdo muy bien lo que él me dijo aquel día: «Padre, ¿me recuerda? Soy aquel que llaman “el diablo”, ¡pero mi alma no se la dejo a él; le pertenece a Dios! Por favor, ¿me puede confesar?»
Fue un momento muy especial, pero aún más cuando vi lo que apretaba en sus manos mientras lo confesaba: un escapulario; precisamente aquel que yo le había dejado en su coche. Ahora él lo portaba en su viaje a la eternidad. Luego, en aquella casa también pude ver una hoja sobre la confesión, una de aquellas que yo mismo le había dado un domingo al mediodía.
Qué grande y misterioso es Dios. Obra en silencio y con sencillez, pero además nos permite compartir con todos el don que nos ha dado. Y ese día todo el pueblo lo comentaba (y también yo lo pensaba): ¡he confesado al diablo!
Todavía está muy vivo el recuerdo de los días de la Semana Santa que hemos vivido; qué menos: la Pascua se prolonga durante cincuenta días.
A medida que pasan los años me voy dando cuenta de una cosa: hay mucho esfuerzo y, en proporción, menos frutos, en el intento de unir y vivir con la misma intensidad la piedad popular y la liturgia. Lo primero encuentra sentido uniéndolo a lo segundo. Pero, el peligro latente de los fieles es quedarse en el folklore, al participar o estar de espectador de la piedad popular.
Esta es la razón por la que se ve más gente en las procesiones y menos en las celebraciones litúrgicas. Esto se nota más evidente durante estos días de Semana Santa. Sería mejor si fueran todos a todo, pero... No pasa nada. De la cosa más pequeña puede servirse Dios para remover los corazones.
Una procesión que me resulta nueva es la del encuentro entre Jesús resucitado y la Virgen María. En la parroquia de Baños, en donde he vivido la Semana Santa este año, la Virgen salió de la ermita de la Virgen de los Parrales, a hombros de mujeres, y el Cristo resucitado, de la Iglesia. Los que portaban el Cristo resucitado iban con cantos de resurrección. Al llegar a una esquina convenida, se encuentraron las imágenes; mientras se cantó el Regina Coeli, se le quitó el manto de luto a la Virgen y apareció de debajo un manto azul, color de fiesta; es un signo de la alegría por la resurrección del Señor. Luego, entre cantos de fiesta, tomamos camino de la iglesia, a la celebración de la Misa.
¡Qué solemnidad la de la Misa! “¡Ni en el Vaticano!”, decía alguien... Bueno, no tanta, pero sí tratamos de solemnizar la celebración. Además de la piedad de la gente, gozamos de la ayuda de un coro maravilloso, orgullo de la parroquia, al que felicito desde este blog. Por supuesto, agradezco al P. Luis por la oportunidad que me dio de vivir la Semana Santa, ayudando un poco en su parroquia.
Nuevamente, ¡feliz Pascua de Resurrección!