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viernes, 29 de septiembre de 2017

Bautismos de emergencia

Foto con fines figurativos.
Quien me lo pidió, me puso una cara de súplica, que me convenció con facilidad. Un alumno me pidió hoy por un niño que estaba en el hospital y que un amigo suyo le había pedido buscar un sacerdote para bautizar a su hijo, puesto que el estado clínico estaba mal. Fuimos casi inmediatamente al hospital Roosevelt, en la zona 11 de la Ciudad Capital.

El niño estaba en el área de cuidados especiales. Ingresamos al área los padres del niño y yo: nos pusieron bata, pues es una zona restringida. Los padres estaban afectados, por supuesto.

Celebramos el rito de bautismo pero con cierta agilidad, pues no podíamos permanecer mucho tiempo allí. Derramé sobre la cabeza del niño apenas unas gotas de agua. Bautizamos al niño con el nombre de José Emmanuel. A los padres exhorté para que confiaran en Dios y que la fe, en tales circunstancias, siempre es un punto de apoyo fuerte. En efecto, quien me acompañaba me comentó que la madre del niño asistía a la iglesia con regularidad: de hecho, el padre estaba más conmocionado que la mamá.

Al terminar de bautizar al niño, casi despidiéndome, le comenté a una de las que atendía, no sé si médico o enfermera, señalando a uno de los niños: "Se ve muy mal. ¿Qué posibilidad tiene de sobrevivir?" Me dijo: "sólo un milagro lo puede salvar". Entonces me aventuré a preguntar si podía bautizarlo, en vistas de que podía morirse. Al punto se acercó una compañera y ambas me dijeron: "aprovechando, allá también tenemos otro que necesita el bautismo".

Bauticé al primero, recién nacido, a quien le puse el nombre de José, pues no tenía nombre asignado. Al bautizar al segundo, le pregunté a ambas asistentes: "Hoy celebramos a los Santos Arcángeles, ¿qué nombre creen que podríamos ponerle?" Como si se hubieran puesto de acuerdo, al unísono, dijeron: "¡Gabriel!"

miércoles, 23 de agosto de 2017

Manos trabajadoras...

El sábado pasado, fui a dar una vuelta a la casa y visitar a mis papás. Me había informado antes de la hora de la Misa y poder asegurar mi participación. Coincidió que el Obispo estaba de visita pastoral en la parroquia y la Misa la iba a celebrar él. La Misa programada a media mañana iba a ser con participación de enfermos y Unción.

Llegando con buen tiempo de antelación, me percaté de la labor de los integrantes de diversos grupos que, organizados, llevaron a los enfermos a la iglesia parroquial para participar de la Misa. También me sorprendió ver a más de cien personas que iban a recibir la Unción de los Enfermos, entre enfermos y ancianos. Uno de los sacristanes me comentó: "... y estos son los que pertenecen a la Iglesia y pueden venir a la iglesia. Debe haber muchos más en el pueblo y que son de otras iglesias".

Algo más me ha sorprendido: las manos de las personas a quienes ungimos son manos de gente mayor, manos trabajadoras, manos callosas, algunas agrietadas, manos, en fin, de gente que se ha gastado ayudando a la sociedad y a sus familias. ¡Cuánto tenemos que agradecer a estas personas, que ahora están enfermas! Además de rezar por ellas, deberíamos acompañarlas y ayudarlas, en la medida de nuestras posibilidades.

martes, 14 de febrero de 2017

De la alegría de la Confesión sacramental

¡Qué alegría da el saberse perdonado!
    He terminado de leer un hermoso libro que me ha edificado. Se titula: "Señor, ten piedad. La fuerza sanante de la confesión", escrito por Scott Hahn, converso católico. Transcribo ahora unas letras suyas que me han impresionado. Me ha resultado aleccionador el ejemplo que aduce de Martín Lutero. Se lee en este libro:

     Si Jesús no nos hubiera dejado el sacramento de la confesión, probablemente lo habríamos inventado nosotros, porque Dios nos creó con una necesidad que sólo la confesión puede satisfacer.

    Los que experimentan el consuelo de confesar sus pecados tienden a aferrarse a ese consuelo tenazmente. El reformador protestante Martín Lutero trató de prescindir de todos los sacramentos, excepto del bautismo y de la eucaristía, pero su instinto le persuadió y 'añadió a esos dos el sacramento de la penitencia'. Y explicaba: 'Indudablemente, la confesión de los pecados es necesaria y acorde con los mandatos divinos... Tal y como se guarda el secreto de confesión hoy... me resulta una práctica extremadamente satisfactoria. no desearía que cesara, más bien me alegraría de que existiera en la Iglesia de Cristo, por se runa medicina excepcional para las conciencias afligidas' (de una selección de sus escritos). Todavía hoy, el Libro Luterano de Culto incluye un ritual para la confesión auricular.

    Los que descubren la confesión siendo adultos la encuentran irresistible. El apologista protestante C.S. Lewis sentía su atractivo, pero tuvo que superar un prejuicio profundamente arraigado en contra de unas prácticas que le 'olían a Roma'. En 1940 decidió emprender esta práctica, pero admitió que la 'decisión fue la más dura que había tomado en su vida'. Después, se confesaba periódicamente con un monje anglicano.

    Lutero seguía fiel a la confesión, incluso después de abandonar la Iglesia Católica. Lewis la buscaba fuera de la Iglesia Católica.

     ¿Y en dónde habrá quedado la confesión para los actuales protestantes...? Gracias, Señor, por este sacramento de sanación, muestra de tu Misericordia infinita.

jueves, 12 de enero de 2017

En caso de emergencia, cualquiera puede bautizar

     Hoy, entre los quehaceres ministeriales propios de este trabajo de formador, me pidieron favor que celebrara la Santa Misa de cuerpo presente. Era UN NIÑO de un mes QUE NO PUDO SER BAUTIZADO.

     Pregunté y me dijeron que no lo habían podido bautizar porque estaba tan malo de salud que no lo habían podido llevar a la iglesia para que lo bautice el sacerdote. Entonces, le expliqué al joven que me lo contaba que, EN CASO DE EMERGENCIA, es decir, en peligro de muerte, CUALQUIER PERSONA, incluso un no cristiano, puede bautizar. CONVIENE QUE LO SEPAMOS, pues podemos ayudar a muchas almas a que se salven. A continuación los criterios.

     El Bautismo es la puerta de los demás sacramentos, es el sacramento que nos introduce en la vida divina lavándonos del pecado original ("por el Bautismo somos liberados del pecado" CEC n. 1223) y dándonos la vida de Dios. Es tan importante para la salvación (''el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios", Jn 3,3; "el que crea y se bautice, se salvará", Mc 16,16), que no podemos dormirnos dejándolo para después.

     Ministro del Bautismo. El ministro ordinario del Bautismo es el ministro ordenado (dígase: obispo, presbítero o diácono). En caso de peligro de muerte, el ministro extraordinario del Bautismo es cualquier persona (incluso un no cristiano).

     Criterio: en caso de peligro de muerte, cualquier persona puede bautizar, con dos condiciones: 1) rociando agua tres veces sobre la cabeza del que se ha de bautizar invocando la fórmula bautismal trinitaria ("Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo"); 2) tener la intención implícita que la Iglesia tiene al bautizar a alguien (el sacramento borra el pecado original, hace al sujeto hijo de Dios y miembro de la Iglesia...). Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1256.

     En fin, me dio mucha pena el dolor de los padres y traté de ayudarles a que el consuelo de Dios les llegue o sea un poco más evidente. La celebración de la Santa Misa, para los que tenemos fe, es siempre un gran consuelo.


viernes, 23 de diciembre de 2016

Una tarde de Confesiones

Para prepararnos bien a las fiestas de Navidad, una buena Confesión, como lo hace habitualmetne el Papa Francisco.
     En esta época, en que ciertos sacerdotes nos tomamos un poco de descanso de las labores habituales, trato de ayudar a mi párroco en este bendito trabajo de escuchar en Confesión a los cristianos que se acercan para preparar bien su corazón a la Venida de nuestro Señor.

     Sucedió especialmente ayer. Llegué a las cuatro de la tarde. Se había anunciado a la gente que habría Confesiones, que varios sacerdotes llegaríamos. En efecto, llegamos otros cuatro sacerdotes, originarios de la parroquia, para ayudar a nuestros paisanos a reconciliarse con Dios. Los que ayudan a ordenar a la gente estaban esperándome a la puerta. Cuando entré a la iglesia me sobrecogió que estuviera llena la iglesia. ¿Cuándo podríamos confesar a todos? Fueron pasando, uno a uno. Hice el esfuerzo de, como debería ser, tratar a cada alma como lo hace Dios, ponerle atención y ayudarla. Gracias a Dios, después de varias horas, logramos terminar.

     Mi parroquia tiene esa cualidad: que la gente se confiesa con frecuencia, lo que exige al párroco. En efecto, escuchar la Confesión de cada alma exige mucho. Pero es un ministerio no sólo necesario -porque así lo quiso Jesús al instituir este sacramento- sino gratificante para el alma del penitente. Allí el sacerdote siente tocar las almas. Allí el penitente descarga lo que pesa a su corazón.

     Con la ayuda de Dios, después de empeñarnos en la preparación de estas próximas fiestas, gozaremos en familia volver a vivir este Misterio actuante del Nacimiento de nuestro Salvador. Nos alegramos con María y con José por su entrega y por el regalo de Dios a su matrimonio: el fruto bendito del vientre de María es el Hijo de Dios humanado.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Una Unción de los enfermos

     Quedé con una afectada mamá ir a ver a su jovencito hijo que está en el hospital en cuidados intensivos; el muchacho lleva diez días sin responder, después de una crisis de diabetes. Desde primera hora de la mañana, en que quedé en ir a ver al enfermo, venía encomendando que todo fuera bien en la diligencia y, sobre todo, que me dejasen entrar al hospital, porque no suele ser gestión fácil o, incluso, se torna imposible.

     Llegué a la hora convenida, me encontré con el amable portero católico que ya conocía, que me dejó entrar. Comenzamos bien... Me encaminé al Intensivo y, al ver al enfermo y disponerme a comenzar la celebración, me percaté de que dejé olvidado el Santo Óleo en el carro ¡...!. Volví.

      Al ingresar al hospital nuevamente, y adentrarme en Cuidados Intensivos, me encontré con una enfermera que, al verme, me pidió que rezara por un sobrino suyo que estaba allí mismo. Cuando me dijo su nombre, le dije que precisamente a él iba a ungir. Me acompañó y logró que también la mamá del enfermo nos acompañara. Un poco más adentro, me llevé la gran sorpresa de ver al Dr. Romeo. Fue alumno nuestro en el Seminario Menor en Sololá, hace ya un tiempo, ciertamente...

     Con compañía di la Unción de los enfermos a Luis, que así se llama el enfermo. Después de darle la Unción, y casi despidiéndome, por no abusar del tiempo y confianza que me habían dado los médicos para ingresar, hablé al oído al muchacho. La gran sorpresa nuestra fue que movió un poco los ojos y, luego, volteó la cabeza hacia el lado contrario en que lo tenía... Se vio el esfuerzo que estaba haciendo. Madre y tía estaban conmovidos y entusiasmados. ¡Es la fe que tienen! ¡Para ellas es un milagro!

     Después de echarle "porras" (ánimos), le aseguré que seguiría rezando por él.

     De vuelta al Seminario, de donde partí, me tardé hora y media para llegar a casa por el lento tráfico. Me compadecí de los pobres que diariamente deben sortear tal dificultad de movilidad. Mientras, puesto que no tenía más compromiso con otra persona, conduje con paciencia hacia la casa, aprovechando rezar y rezar... Además, me comí un algodón de azúcar que compré a un vendedor por la calle (hacía años que no comía uno).
En medio del tráfico, a veces hay que hacer esto, porque se pone pesado.

jueves, 11 de agosto de 2016

La alegría de reconciliarse con Dios

     Me hablaron de una persona que estaba enferma. Aunque ocupado con diversos quehaceres, decidí ir a verlo al hospital el día siguiente a la noche que me lo comunicaron.

     Después de las vueltas necesarias para que a uno le dejen entrar al Hospital Roosevelt, me detuvo una familia de rostros parecidos a los de mi zona -son de Patzún, Chimaltenango- y pidieron que viera a un enfermo que tenían allí. Gracias al permiso y las indicaciones del trabajador que me dejaba ingresar, habiendo visto que yo era sacerdote, pude acceder. Me encontré allí al Dr. Romeo, que sonriente me saludó. Después de probar mi frágil memoria, le reconocí como alumno en el Seminario Menor en años no tan pretéritos. ¡Qué sorpresa!

     Antes de darle la Unción a este enfermo al que me refirieron a la entrada del Hospital, me habló una señora que tenía allí a su hijo en cuidados intermedios porque había sufrido un severo accidente y estaba inconsciente. Aunque pidió la madre una oración por su hijo, le ofrecí darle la Unción, que aceptó no a la primera, quizá porque pensara que es la "Extremaunción". Le expliqué en medio minuto lo que hacía la Unción en un alma, y accedió. Di la Unción a éste y al otro enfermo -este otro estaba inconsciente, pero al tocarle con el Óleo santo abrió los ojos y quiso hablarme...-.

     Me encaminé a buscar al enfermo que iba a ver. Después de confesarle y darle la Unción, un vecino suyo de cama me comunicó que quería igualmente confesarse. También le di la Unción. Me dijo: "Padre, el Cielo lo envió. Hacía tiempos que le pedía a Dios que me enviara un sacerdote y me venía preparando para confesarme. A Dios ya le pedí perdón por mis pecados pero hacía falta confesarme con el sacerdote". Hacía 14 años que se confesó la última vez...

     Iba a ver a un enfermo y bendije a uno y di la Unción a cuatro... Me dio mucha alegría por la gracia que recibieron. Me da mucha pena tantos enfermos que había en el Hospital y no hay sacerdote que los vea habitualmente.

     En una ocasión reciente me dio mucha pena no llegar a tiempo a darle la Unción a una señora: murió cinco minutos antes de que yo llegara. Y me pregunté: "¿por qué no llamaron antes al sacerdote?" Porque, aunque fui de inmediato cuando me dieron el aviso, no llegué a tiempo. La señora había estado enferma días... Ojalá los cristianos practiquemos la obra de misericordia de que los enfermos reciban el auxilio de Dios en esas horas críticas.

sábado, 30 de julio de 2016

¿Qué pasaría si un "evangélico" se confesara?

     Es decir, nos referimos a que un cristiano protestante accediera a recibir la absolución sacramental (oración con la que, en el sacramento de la Confesión, se recibe el perdón de los pecados). Primero, no creo que se atrevan. Luego, no tienen la fe para acceder con humildad a confesar sus pecados. Pues, ellos esgrimen su argumento de que se confiesan directamente con Dios.

     Desde luego que los sacramentos se administran a los católicos, no a los de fuera. No estamos incentivando a que hagan el "experimento", porque con lo sagrado no se juega. Hay que tener fe y rectitud de intención: voy a acercarme a la Confesión porque creo y quiero lo que allí se realiza. En efecto, no creerán que allí sucede algo MÁGICO, sino algo extraordinario pero bajo el signo, se realiza verdaderamente en el corazón del hombre la reconciliación con Dios.


     Por aquello de que no "entienden" que el sacerdote es Cristo que nos perdona ("¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?", decían de Jesús los escribas [cfr. Mc 2,7]), podría alguien cometer la osadía de acercarse, como le sucedió a F. Casanova, expastor evangélico, que hizo el experimento y él mismo nos explica en el video que a continuación colgamos y que les invitamos a ver. Creo que nos puede ayudar a renovar nuestro agradecimiento a Dios por este sacramento y a acceder a él con mayor provecho.

martes, 17 de mayo de 2016

La alegría de reconciliarse con Dios

La foto es sólo con fines figurativos.

     Había encomendado la intención.

      Después de medio día de ayer me dirigí hacia el hospital San Juan de Dios en donde me esperaba una enferma que quería reconciliarse con Dios. Durante su no tan larga pero sí considerable edad nunca había tenido la oportunidad de hacerlo, entretenida en los vaivenes de la vida y ciertas complicaciones, consecuencia de las decisiones.

     Con tranquilidad fue desgranando las cargas de su vida. En algunos momentos sollozaba pensando en lo mucho que había ofendido a Dios. También le pidió al sacerdote que le ayude a hacer una buena Confesión.

     Con profunda fe, con los ojos cerrados escuchando cada palabra, recibió la absolución. Después, también con profunda fe, recibió la Sagrada Eucaristía que había llevado conmigo para hacer su Primera Comunión. Corrieron por sus mejillas unas lágrimas, esta vez no de pena y congoja sino de alegría y serenidad, de esa paz que sólo Cristo puede dar.

     ¿Pueden imaginarse lo agradecida que estaba? ¿Quién no lo estaría en estas circunstancias, con tan grandes dones?

     Y yo, dichoso de haber sido instrumento de que esta alma se reconciliara con Dios. Aunque siempre queda todavía pendiente el tema de cómo ayudar mejor sacerdotalmente a las almas que penan en el hospital, y a tantos enfermos que necesitan el aliento espiritual y psicológico y corporal.

lunes, 27 de abril de 2015

¿Puede revelar el sacerdote lo que ha oído en Confesión?

    ¿Qué pasaría si un sacerdote revela algo que ha oído en el Sacramento de la Confesión? Es un tema demasiado serio. Además de interesarle al común de los mortales, especialmente a los católicos que se confiesan, también interesa bastante al sacerdote.

     En los estudios se deja claro lo que el CIC (Código de Derecho Canónico, el código de leyes vigentes en la Iglesia) en el canon 1388,1: "El confesor que viola directamente el sigilo sacramental, incurre en excomunión latae sententiae reservada  a la Sede Apostólica; quien lo viola sólo indirectamente, ha de ser castigado en proporción con la gravedad del delito".

     Me doy cuenta que es un tema delicado, que interesa a todos. Pero, todo ha de estar claro.

     Viene a colación por una película que vimos con los seminaristas el día de ayer, una muy vieja... I Confess, se titula en inglés (Yo confieso). Se trata de una película de la Warner Bross, dirigida por Alfred Hitchcock en 1953, aquel cineasta que dejó huella en su gremio.

     El tema es crucial. No quiero redundar en la idea. Al menos queda bien reflejada la idea de que el sacerdote guarda el sigilo sacramental (secreto de Confesión). A ver qué dicen cuando la vean.

martes, 2 de septiembre de 2014

¿Por qué Dios quiere que nos confesemos?

     Estaba haciendo mi lectura espiritual con el libro “Señor, ten piedad” de Scott Hahn. Me ha sucedido, como en otras ocasiones, que sabes una cosa, pero hace falta que te la concreten en palabras. En esta ocasión se trata de por qué Dios quiere que nos confesemos. ¿Acaso no sabe Dios cuáles son mis pecados? ¡De sobra! ¿Entonces?
     Hay tantos ejemplos en la Sagrada Escritura. Está el de Adán (Gn 3,11) y el de Caín (Gn 4,9-10). Dios hace las preguntas para ayudar a que nos confesemos, no tanto porque no sepa los pecados.
     Confesar nuestros pecados nos ayuda a sacar lo que tenemos de malo dentro, nos ayuda a ser humildes, nos ayuda, en fin, a arrepentirnos de nuestras “metidas de pata”. Todo esto hay que hacer cuando uno se va a confesar sus pecados ante el sacerdote.
     Y ¿por qué ante un sacerdote? El hombre necesita de signos y símbolos. Jesucristo, pensando en nosotros los pobres hombres que necesitamos de signos, instituyó un sacramento para el perdón de los pecados y la necesidad de acudir a él para hacer tangible, sensible, que ha sido perdonado.
     Además, Cristo delegó en los sacerdotes su poder de perdonar, pues sólo Dios puede perdonar pecados (cfr. Mc 2,7). Por esto es que vamos a confesar nuestros pecados ante el sacerdote.

domingo, 12 de enero de 2014

En la fiesta del Bautismo del Señor

"Bautismo de Cristo" de Navarrete el Mudo.
     Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Uno de los efectos del Bautismo en nuestra alma es la filiación divina, es decir, que somos hijos de Dios; por lo tanto, todos somos hermanos. El sentido sobrenatural nos lleva a considerar a todos hermanos. Ojalá nunca nos veamos extraños. La Virgen ha tenido mucho que ver en esto... Así lo escribe el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, en su carta pastoral de enero, de la que copio un trozo. Si quieres, puedes leerla entera pinchando aquí.
     Comenzamos la segunda parte del tiempo de Navidad con la solemnidad de la Maternidad divina de María. Nuestra mirada se fija ahora con mayor atención en esa criatura sin par que de ese modo tan sencillo —ecce ancílla Dómini— dio paso a la encarnación del Verbo y nos ha convertido en hijos de Dios en Jesucristo; hermanos con una fraternidad más fuerte que la del común origen de Adán y Eva. ¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —"fiat"— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas! (San Josemaría Escrivá). Se realiza así una de las más profundas aspiraciones del corazón humano: un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer (Papa Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial por la Paz).
     De esta manera, es fácil querer al Papa... Mira y escucha el "video".

domingo, 8 de diciembre de 2013

Sus oraciones, por favor

     Aprovechando un poco de tiempo, decidí ir a casa, con mis papás, ayer por la tarde. Sin embargo, cuando llegué me encontré con que mi abuelo estaba interno en la Clínica, pues había sufrido una afección fuerte. De hecho, estaba en coma.
     Mi mamá me informó que habían ido al párroco, el P. Emilio, para que viniera a darle la Unción, pues no sabían que yo llegaría a casa. Al fin, coincidimos los dos, pues justo llegó el P. Milo. Me tendió los santos Óleos mientras me dijo: “¡Unja a su abuelo!” Así lo hice inmediatamente.
     Hoy fui temprano a ayudar a un sacerdote vecino con las Misas dominicales y las Confesiones. A las ocho celebré la Santa Misa; aproveché la oportunidad para encomendar a mi abuelo y pedirle a los feligreses que nos ayuden con su oración.
     Cuando volví a casa, pasado el mediodía, me dijo mi mamá con emoción que el abuelo había vuelto en sí, que hacía un rato había empezado a mejorar un poco.
     ¿Relación con la Misa y las oraciones? No lo dudo. Dios sabrá, ciertamente, lo que venga, pero tengo la confianza en que nunca nos deja solos.
     Ruego sus oraciones, por favor, por este “mi” enfermo.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La misericordia de Dios en la Confesión

     A diario, a veces a cuenta gotas, vienen al Seminario personas que quieren confesarse, con la confianza de que hay un sacerdote que les atenderá. En la medida que se puede se les atiende.
     Lo que le dije a uno, me ha servido también a mí para pensar en lo que supone que se me absuelva, cuando voy a confesarme: “¿Se da cuenta que, cuando venimos a confesarnos, Dios siempre nos perdona? ¡Cuán grande es el amor de Dios que no pone más condición que lo que le dijo a aquella mujer pecadora: ‘Yo tampoco te condeno. En adelante, vete y no peques más’. Allí está nuestra responsabilidad: no defraudar a Dios, nuestro Padre, que nos quiere con locura. Tenemos que cambiar de vida y luchar para no ofenderle más”.
     ¿No te remueven estos pensamientos?
     Hace algún rato, mientras compartía con una familia amiga, comenté que ese día me había confesado, por lo que uno de los muchachos, al escucharme, abrió los ojos como platos, comentando: “¿Y ustedes, los sacerdotes, se confiesan?” A lo que respondí: “¡Claro! Me confieso cada ocho días, pues lo necesito”, a lo que abrió más los ojos, si cabía.

jueves, 10 de octubre de 2013

Un alma más en el Cielo


     ¿Qué harán los niños que llegan al Cielo? Un intento de explicación que deben dar los papás a un niño a quien se le murió un hermanito es que se ha convertido en un angelito. Metafísicamente es imposible..., mas es una explicación piadosa para una mente poco instruida en explicaciones racionales.
     ¿Se recuerdan que les pedí oraciones por un niño a quien operarían, un niño a quien bauticé hace diez días? Pues, hoy le han intervenido, pero no ha resistido y ha muerto. La madre es primeriza.
     Desde luego que para los papás es doloroso perder un hijo. He rezado por ellos. Pero el niño, recién inaugurado su camino a la Casa del Padre, ha llegado tan pronto. Y yo tuve la oportunidad de colaborar un poco en este punto al haberle bautizado.
     William Samuel, me parece que se llamó el niño, ya está en el Cielo y es un santo, pues fue bautizado y no tenía pecado personal. Tengo la alegría de que es un santo que intercederá algo por este pobre sacerdote.
     Sí conocí a la mamá y conozco a una tía del niño. Dios guarde a toda la familia. Rezo por ellos.

jueves, 3 de octubre de 2013

Un bautismo de emergencia

     Anteayer tuve un día ajetreado, haciendo tantos “mandados” en la Capital, también celebrando...
     Una de las diligencias que me tocó hacer fue ir a ver a un niño en la Unicar (Unidad de Cirugía Cardiovascular de Guatemala), para bautizarlo, pues el lunes será intervenido del corazón. Les pido que lo encomienden, pues es una operación que reviste de cierto riesgo. Era la primera vez que iba a este centro; ya se imaginan, llegué tanteando la zona y adivinando el sitio donde debía encontrarme con la madre de la criatura.
     Al terminar de celebrar el Bautismo, se me acerca una de las enfermeras, la mayor de todas, con plante de jefa, para pedirme que les bendiga los locales de la unidad de pediatría, en donde estábamos. Francamente, me dio mucho gusto aparecerme por allí y que me reconociera la gente como sacerdote (menos mal que ahora ya no soy tan joven y no dudan de que ya esté ordenado...).
     Ya terminada la bendición me despedí de la madre del neófito y pasé saludando a una niña de unos diez años que estaba en cama, sufriendo por alguna enfermedad. Tampoco quise ser indiscreto, sólo pregunté alguna cosa para entablar conversación y asegurarles, a mamá e hija, que las encomendaría en la Santa Misa que celebraría más tarde, como de hecho lo hice.
     Hice, así, una buena obra. ¿Tiempo para las demás cosas? Dios multiplicó mi tiempo para llegar a todo, casi a todo...

viernes, 20 de septiembre de 2013

Casi se me olvida la fórmula de la absolución (Confesión)

     Estamos terminando el día viernes y terminan las labores académicas programadas para la comunidad. Luego, cada uno busca sacar tiempo para estudiar por su cuenta, en medio del resto de actividades. Yo ya estoy deseando descansar, pero no quería dejar de escribir unas letras para mis amigos.
     En la tarde me puse a confesar un rato a descargar el alma de los penitentes, a esta sesión divina de “terapia espiritual”―. Ahora no me preocupé de lo del otro día: si me recordaba bien de la fórmula de la absolución, es decir, la fórmula para que se dé el perdón de los pecados. En verdad, cuando quise “pensar” seriamente en lo que estaba diciendo (la fórmula), casi tropiezo...
     Ya son trece años de estar impartiendo este poder maravilloso diciéndole al penitente: “tus pecados están perdonados”, “vete en paz”. A diferencia de la primera vez que se me olvidó (al menos dije las palabras esenciales), la fórmula de  la absolución ahora me sale casi sin pensarlo, de tantas veces repetida.
     Es preciosa la fórmula de la absolución, cuánta riqueza divina y teológica encierra. Es para considerarla tantas veces ante Dios, misericordioso. La fórmula es:
     Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

sábado, 20 de julio de 2013

Hoy confesé a niños

     Hoy me sentí un tanto identificado con el primer hijo que refiere la parábola referida por el evangelista (Mt 21,28-30). Unos seminaristas, encargados de la pastoral de Primera Comunión en la parroquia, me habían pedido favor ayudarles a confesar a los niños, que estarían hoy en un retiro. Sería su primera Confesión.
     Colmado de trabajo y compromisos, les dije que hicieran favor de decirle a los otros sacerdotes que, en la medida de sus posibilidades, atendieran este encargo. Al ver que no tuvieron tanto éxito en la petición, hice un espacio y me fui a ayudar, con el consiguiente contento de los seminaristas. Yo, también, me quedé más tranquilo al echar una mano en esto.
     A estos niños, que se confiesan por primera vez, hay que procurar hacerles llevadera y agradable la experiencia. Para romper el hielo, le pregunté a cada uno: “¿Estás nervioso?” Y me respondían, como tomando confianza y con una sonrisa, que sí. Así, ya costaba menos.
     Ciertamente, hubo alguno que dijo que no estaba nervioso y tampoco esbozó la sonrisa. Pensé: “¡qué serio!”

     Como en otras ocasiones, me sirvió para, adentrándome en el alma de estos pequeñuelos, tener ganas de aprender de su inocencia.

domingo, 2 de junio de 2013

En la solemnidad del Corpus Christi

     En el Jueves Santo, además de día del Sacerdocio, es día de la Eucaristía, pero en su dimensión de Sacrificio (Liturgia). En cambio, esta fiesta del Corpus realza la dimensión sacramental, se hace más énfasis en la Presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
     Hoy participamos de la maravilla de profesión de fe pública en la Eucaristía en todos los pueblos en el mundo. Hoy hay una procesión en cada pueblo, portando a Cristo en la Custodia. Conviene no quedarse en el folklore piadoso de esta expresión de fe sino que sea verdaderamente un acto de fe.
     Hoy es un día para darle gracias a Jesús por haberse quedado con nosotros en el Santísimo Sacramento, oculto para que le descubramos mediante el amor. Así cumple su promesa hecha a los apóstoles y a toda la Iglesia: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
     Además, participemos, en la medida de lo posible, en este Año de la Fe, del acto único que se hará en todo el mundo, según petición del Santo Padre: a la hora en que adore él a Jesús en Roma, lo hagamos todos simultáneamente en nuestros lugares. Pueden consultar aquí de lo que se trata.

     Yo estaré en mi pueblo, participando del Corpus.

martes, 12 de febrero de 2013

Una Unción de emergencia


     Para Dios no hay casualidades. Aunque los hombres a veces se la ponemos difícil, siempre busca que nos salvemos.
     Ayer, mientras hacía mi entrada a la Ciudad Capital, el tráfico empezó a correr despacio. Al poco, me di cuenta que un carril habían bloqueado y el otro se estaba embotellando. Pero vi un cuerpo tendido en el asfalto.
     Recién había pasado me estacioné y bajé del carro para darle la Unción de los enfermos. ¿Cómo es que ahora sí llevaba el Óleo de los Enfermos? Incluso, al partir, me recordé que sería bueno llevarlo.
     Recién había sucedido el atropello y no habían llegado los bomberos a auxiliarlo. Me vieron llegar las dos o tres personas que estaban con el atropellado y me dijeron que aún estaba vivo. Me incliné sobre el pobre señor y le dije al oído que se recordara de Dios, que era sacerdote y que le daría la absolución y la Unción, como de hecho lo hice, de la forma más breve posible.
     Al terminar, todo en un instante, llegaron los bomberos y se lo llevaron.
     ¿Qué habrá sido de él? Estaba muy golpeado y no sé si sobreviviría. Confío en que le haya ayudado mi asistencia sacerdotal. He hecho el propósito de llevar siempre conmigo el Óleo de los Enfermos, quizá yo mismo lo vaya a necesitar... Estoy convencido de que a Dios no se le escapa nada.
     Por lo demás, seguimos rezando por el Santo Padre, ahora más unidos que nunca a él. ¿Especulaciones? De todos lados, fuera y dentro de la Iglesia, de aquellos que no son buenos hijos y que critican. Nosotros, rezaremos por Él.