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lunes, 22 de mayo de 2017

Evangelizadores, como los primeros cristianos


     Entre varias consideraciones que se pueden sacar de la primera lectura de la Misa de hoy (Hch 16,11-15), además de la que se puede hacer sobre Lidia, la comerciante en púrpura, hay una que me ayuda a pensar en nosotros y en mí. Se trata de la persona gramatical utilizada por el autor para narrar los acontecimientos. En vez de la tercera persona gramatical que utiliza en gran parte del libro (“él”), utiliza la primera del plural (“nosotros”).

     Puede tener aplicaciones ascéticas y de meditación: pensar que nosotros, tú y yo, podemos, debemos ser protagonistas del apostolado, que tú y yo podemos también ayudar a la evangelización en el mundo de hoy, cada uno en las circunstancias en que Dios lo ha puesto, sin salirse de su lugar, tratando de ser luz del mundo y sal de la tierra en el ambiente en que se desarrolla su vida, procurando ser ejemplo con el pensamiento, con la palabra y con la obra.

     En verdad, Dios “nos necesita” allí, cuenta con nosotros. Dios es, al fin, el que mueve el corazón, como indica la misma lectura de Hechos que hemos citado: “y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo”. Teniendo a Dios por aliado, podremos evangelizar con nuestro ejemplo, aunque pequeño pero eficaz.

domingo, 14 de abril de 2013

Del mensaje del Papa antes del rezo del Regina Coeli


     Los sumos sacerdotes y los jefes de la ciudad buscaron frenar el nacimiento de la comunidad de los creyentes en Cristo e hicieron encarcelar a los Apóstoles, ordenándoles de no enseñar más en su nombre. Pero Pedro y los otros once respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús… lo exaltó con su poder haciéndolo Jefe y Salvador… Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que obedecen» (Hch 5,29-32). (...)
     ¿Dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para dar este testimonio? No sólo: ¿de dónde les venía la alegría y el coraje del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? No olvidemos que los Apóstoles eran personas simples, no eran escribas, doctores de la ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo han podido, con sus límites y obstaculizados por las autoridades, llenar Jerusalén con sus enseñanzas? (Cfr. Hch 5,28)
     Es claro que solamente la presencia del Señor Resucitado y la acción del Espíritu Santo con ellos pueden explicar este hecho. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Jesús muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada y de ninguno, es más, veían las persecuciones como un motivo de honor, que les permitía seguir las huellas de Jesús y de parecerse a Él, testimoniándolo con la vida.