viernes, 13 de noviembre de 2015

Tengo nueva misión. Les pido sus oraciones, por favor.

Una foto del año pasado. Acompañaba yo al P. Víctor, a quien traté de ayudar en el Seminario durante estos últimos cinco años. A él le agradezco también por todo.
    Aunque el corazón esté rebosando de afectos, emociones e ideas, escribiré unas pocas líneas para testimoniar el momento.

     Sabido es, por tantos amigos, que cambiaré de trabajo, al menos en las circunstancias, pues voy destinado a trabajar en el Seminario Mayor de La Asunción, en la Ciudad Capital. Es decir, dejo el Seminario Mayor de Sololá en el que he trabajado por durante estos que se han vuelto cortos, intensos y alegres años. Al menos el día de hoy voy terminando lo que me quedaba por hacer; mañana, con otros encargos, ya nos estaremos despidiendo de este lugar de tantos recuerdos: el Seminario.

     ¿Qué puede embargar en un corazón que vive tales circunstancias? En primer lugar, agradecimiento a Dios, al Obispo y a tantos que han compartido mi existencia durante todo este tiempo. Sí, he tratado de darlo todo, de no reservarme nada, aunque, ciertamente, tenga muchas cosas de qué pedir perdón. Sí, han sido tantas jornadas de oración y Liturgia, de clases y convivencia con seminaristas y formadores, de trabajo y descanso y deporte, de no cansarme de maravillarme de nuestra gente sololateca y el maravilloso Lago de Atitlán.

     El trabajo de formador es delicado y de mucha responsabilidad; aquí, como escribía arriba, tengo mucho de qué pedir perdón. Quizá no tanto lamentarme, pero sí hubiera podido hacerlo mejor. Con todo, ya está hecho.

     Como se lo comentaba a mi Obispo y a otros amigos, yo he salido ganando con el encargo. He crecido sacerdotalmente -gracias a Dios no tanto en voluminosidad-, intelectual y humanamente. Me parece que seguiremos aprovechando estas ventajas en el nuevo destino.

     Además, queda la satisfacción -más que humana, sobrenatural- de haber colaborado para que nuevos jóvenes salieran de sacerdotes. Ahora me hago cargo de la satisfacción que pueden tener los maestros, que contribuyen a la formación de los nuevos ciudadanos. Pero, en el caso presente, nuestro privilegio es aún mayor cuanto más sobrenatural es el fin.

     Algunos amigos, que se han enterado antes, han estado despidiéndome. Les digo: no me despido, porque nos volveremos a ver, simplemente cambio de lugar de trabajo. Le agradezco a esos amigos estos años compartidos.

     Sí, ya van siendo algunos: desde que comencé el Menor aquí, en aquel ya un poco lejano 1991. Después del Bachillerato estudié en este mismo edificio los estudios institucionales de la formación sacerdotal del Seminario Mayor. Fui ordenado y me designaron formador en el año 2000; así seguí el año siguiente. Para no seguir, resumo escribiendo que he sido formador durante 11 años. Por gracia de Dios, ya van siendo algunos. Entonces, les pregunto, ¿estará justificado que el corazón lo tenga un tanto conmovido?

      Me recuerdo que en una ocasión de este año, una buena señora me preguntó: "Y usted, Padre, ¿qué metas tiene en la vida?" La respuesta, diáfana, sin rebuscarme, fue: "desde que me ordené sacerdote he tratado de no escoger, de no buscar mis propias cosas sino ayudar en lo que me encarguen, tratando de hacerlo bien".

     ¿Qué vendrá después? Dios lo sabe. En sus manos pongo lo que venga, sin preocuparme de ello. Trabajo, gracias a Dios, no falta, menos para un sacerdote.

     A ustedes, amigos, les pido sus oraciones, que me ayuden a encomendar la nueva y similar tarea. la de formar sacerdotes para las demás Diócesis del país -aunque ya lo hacía en cierta manera en estos últimos cinco años últimos-. Siempre es para beneficio de toda la Iglesia. Por eso, me atrevo a pedirles sus oraciones también, pues es una responsabilidad común. Gracias, amigos, por todo. ... y nos seguimos viendo...

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, P. Ángel, gracias por sus oraciones y afectos. Ahora será nuevo ambiente de trabajo, aunque en la misma área. Dios nos siga ayudando. Un abrazo.

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